domingo, 19 de abril de 2026

EL GENERAL DE DIVISIÓN (relato poético)

 Colaboración de Riotrankilo

(Gustavo Giner González)



Una de las funciones que desempeño en mi trabajo es realizar Tomografías Axiales Computarizadas.

Un TAC no es ni más ni menos, si le quitamos la carcasa, que un aro giratorio en el que está montado un aparato de rayos x y frente a él una banda de detectores. Metemos a la gente dentro del aro, el aro empieza a girar mientras emite una cantidad importante de radiación, con el movimiento de la camilla hacemos el barrido de la zona a explorar, los detectores van captando la radiación que atraviesa el cuerpo de la persona a distintas longitudes de onda según si atraviesa hueso, hígado, cerebro, etc, después, con ayuda de las matemáticas la máquina procesa las imágenes y conseguimos miles de lonchas milimétricas de cualquier zona del cuerpo. Los médicos la consideran una buena herramienta de diagnóstico, y lo es, pero solo cuando es necesario porque los otros métodos diagnósticos no son lo suficientemente eficaces por si solos o cuando es una urgencia de vida o muerte. Pero en cambio sucede que es tan cómodo y eficaz que a los médicos se les olvida la radiación extra que supone y recurren a esta prueba con más frecuencia de lo que convendría. Lo digo porqué un TAC de tórax, por ejemplo, equivale (en términos de radiación) a unas 100 radiografías de tórax o dicho de otro modo, la radiación natural que recibes en 2 o 3 años.

Cuando estoy de guardia y en horario de tarde y noche la mayoría de trabajo llega de Urgencias, donde los médicos suelen ser los becarios hospitalarios pues en su proceso de formación un médico debe pasar impepinablemente por el campo de batalla. Y claro, a menudo se quedan tuertos o mancos, o sordos o ciegos.

El TAC estrella en una guardia, sin duda es el de cráneo, el hospital está enclavado en un lugar de turismo de alcohol, así que los traumatismos craneales son habituales, luego están las cefaleas y los síncopes, la lista sigue pero es muy larga.

Y fue en una de esas cuando lo conocí. La tarde estaba siendo extrañamente tranquila. Acabamos de hacerle el TAC de cráneo a un hombre mayor que se había golpeado la cabeza. Lo pasamos a la camilla entre varios, pues tenía dificultades para moverse. Durante todo el proceso el hombre había estado misteriosamente callado, asintiendo o negando tan solo cuando mis compañeras le hacían las preguntas rutinarias. Digo misteriosamente, pues el hombre no había perdido el habla, y además aderezaba su silencio con cara de malas pulgas, llevo muchos años observando caras y la suya, decía claramente, que tenía algo que contar. Como la cosa estaba tranquila decidí acompañar al celador de regreso a urgencias. Mi compañero empujaba la camilla y yo caminaba al lado del cuerpo tendido de aquel hombre, estábamos fuera del horario de visitas, así que no había nadie por los pasillos y tan solo se oía algún pitido lejano. Entonces me miró fijamente y empezó a hablar. Había sido General de la División Azul en la época de Franco. Había combatido en Leningrado a las órdenes de Hitler y había sobrevivido al choque de dos aviones en formación. 

Entonces le pidió educadamente al celador que se detuviese. Sus ojos habían empezado a brillar, se animó. Me contó lo de sus amistades de varios coroneles alemanes condecorados y de las fiestas a las que acudía. Mientras hablaba se había puesto a rebuscar en su bolso.

-¿Te gustan las armas?- me dijo.

Contesté rápidamente que sí, no quería que se acabara la conversación.

Entonces sacó un extraño artilugio de metal dorado. La cara del celador era un poema, llevaba solo unos días en el trabajo.

Pronto supe que era una navaja de doble hoja escondida, el General la sostenía con ambas manos con cara de orgullo, y me decía: 

-mírala, mírala bien- e insistía.

-pero lee, lee, mira las inscripciones.

Su dedo apuntaba a un sello en el metal. Era el águila característica nazi sujetando la esvástica envuelta en una corona de laurel, regalo de un alto mando.Y las inscripciones eran en alemán y por varios ángulos estaban marcados los símbolos de las SS.

Entonces dijo:

-mira cómo se abre.

Tenía una apertura secreta que solo conocía su dueño y un mecanismo supercurrado, que hizo que de la nada apareciese el doble filo brillante y afilado. Yo estaba tan fascinado que ni siquiera me di cuenta de que tenía su punta casi en el cuello, pero ya era tarde, mi piel tocó el frío metal, notaba cómo mi carótida izquierda latía tan cerca del filo que no podía moverme. Con la otra mano me agarró del cogote y me escupió en la cara y en las gafas y me habló con tono dictador.

Y me dijó:

-si vuelves a hablarme de tú te la clavo en la cabeza.

Me soltó, se guardó la faca, y reposó sobre la camilla suspirando como un buey. Miré al celador, me miraba con cara de me he cagado y ahora no puedo caminar, pero sabía que era inevitable, cuanto antes lo llevásemos al box de urgencias antes podríamos pirarnos y aquí no ha pasao na. Pero justo cuando pasábamos al lado de las puertas de los ascensores, estas se abrieron y no estaba el ascensor, lo estaban reparando dos pisos más arriba. El tiempo se detuvo, cogí firme la camilla desde un lateral y la llevé hasta las puertas abiertas del ascensor y de un empujón salió el general volador directo a los engranajes y de caída en picado hasta reventarse cuatro pisos más abajo, no sin antes amputarse varios miembros con el cable de metal.

No...

En serio...

Volvamos atrás.

El filo se había acercado demasiado, sí, pero no pasó nada, el General orgulloso volvió a cerrar el artilugio, se lo guardó y se derrumbó de nuevo en la camilla mirando hacia algún punto fuera de esta realidad, a través del tiempo.

La camilla retomó la marcha y pasando al lado de los ascensores le dije (por respeto al ser humano que tenía delante), que había sido todo un honor conocerle. Miré al celador y este me miró con un microgesto de "venga ya".

Y entonces el General me volvió a mirar con cara de malas pulgas y dijo:

-¡Bah! Mírame.

Todo estaba dicho.

Me quedé en la puerta de urgencias, la camilla continuó su camino con el hombre despidiéndose con la mano y yo flipando en colores.