jueves, 26 de marzo de 2026

DIOS APRIETA PERO NO AHOGA (relato poético)

¿Alguna vez escuchaste ese refrán cuya afirmación es el título de este relato poético?

Nunca me sentí más cerca de él que en la plenitud del verano de 2009.

A pesar de sus interpretaciones religiosas interesadas, en realidad el refrán es metafórico, no literal y hace referencia a una idea inequívoca: aunque la vida presente pruebas duras e incomprensibles, así como dificultades y momentos desesperanzadores, siempre hay opciones, salidas y oportunidades para superar cualquier obstáculo, fundamentándose en la creencia de que nunca recibimos más de lo que podemos soportar.

Obviamente, todo ser humano necesita encontrar sentido y significado a la vida, pues si la vida no tiene sentido ni significado... apaga y vámonos.

Según servidor lo ve, la vida, efectivamente, no tiene ningún sentido ni significado; tras treinta años indagando a fondo en la religión, la filosofía, la política, la ciencia y las artes, he sido incapaz de encontrar ni una sola evidencia objetiva de que la vida tenga algún sentido o significado; a mi juicio, la vida es una inercia pendular que oscila de parte a parte y es neutra en relación a todo lo que existe, lo cual significa que no favorece ni perjudica nada de lo que existe, simplemente se mueve por inercia hasta que la inercia se detenga por completo y esa inercia se detiene parcialmente a cada momento y también se puede detener parcialmente en momentos puntuales muy específicos, pero es ajena a cualquier voluntad, sea humana o no.

Desde la más subjetiva religión hasta la más objetiva ciencia, en mi opinión se trata de fantasías humanas especuladas, que pueden estar más cerca o más lejos de ella, pero en todo caso son independientes de la realidad, por tanto, somos nosotros los que fantaseamos con cada sentido y significado que decidimos darle a esa realidad y por extensión, a la vida.

Dios siempre me ha parecido (como opinión subjetiva sesgada y muy personal) una fantasía delirante e infantiloide, desde que era niño, algo así como el amigo (más bien padre) imaginario para adultos, que parece más real que la propia realidad porque es una fantasía colectiva y compartida, aunque nunca ha dejado de sorprenderme que algunos seres humanos hayan necesitado (y sigan necesitando) imponerla a la fuerza, lo cual me hace preguntarme: ¿Tan evidente resulta que dios es una fantasía delirante, como para tener que imponerla a la fuerza desde la infancia y condicionar al ser humano con catequesis, ritos de paso e infiernos y presuntas maldades atribuidas a no menos delirantes entidades metafísicas, con castigos eternos en infiernos imaginarios, cuando la propia escritura sagrada afirma algo así como que "por sus hechos los conoceréis" y creo que la historia de las religiones habla elocuentemente de hechos más que sobrados sobre aquellos inquisidores, puritanos, predicadores, pastores, imanes, ayatolás, monjes, gurús, rimpochés, etcétera, que hablan en nombre de Dios o de Alá o de Jesucristo o de Muhammad o de Buda, pero siempre en nombre del bien y la verdad y los buenos y los castos y los puros y los santos y los virtuosos y los perfectos, aunque sus actos, no pocas veces, dicen que son lo contrario en realidad?

No obstante, cada cual necesita creer en lo suyo para seguir adelante y lo dicho nada más refleja un parecer que el religioso obviará para poder seguir dándole sentido y significado teológico a su vida, de la misma forma que el científico también lo obviará para poder seguir dándole sentido y significado metodológico basado en las evidencias consensuadas por la comunidad científica a su vida; en mi caso encuentro el sentido y el significado en los libros, la lectura y ahora la escritura del blog, al que dedico casi todo mi tiempo actual de vida. No obstante, sigo pensando en retirarme.

Y nunca he sentido, aunque me haya acercado muchas veces, que dios aprieta pero no ahoga (he visto que también se dice no ahorca, en lugar de no ahoga, cosa que desconocía), como aquel agosto de 2009.

Pocos meses antes el dueño de la gasolinera Tamoil de Alicante, Manuel, un ser humano y jefe excelente, muy justo, con el que no me porté nada bien, decidió despedirme, aunque nunca dudó en echarme de la manera más favorable para mí y sin tener en cuenta lo pésimo y problemático trabajador que fui, justificándolo con la crisis económica, para que fuera despido improcedente, cuando podría haberme echado mediante un despido muy procedente y ahorrarse la abultada indemnización que tuvo que pagarme.

Al volver (por inercia) a casa de mi madre (las costumbres) no pasaron ni un par de meses antes de que tuviéramos un violento choque de trenes caraterológico y conflicto apocalíptico (por mi culpa, al menos en este caso) que derivó en una fuerte discusión y cierta ruptura temporal de la relación maternofilial, quedándome, por primera vez, en la calle.

Era un viernes de la segunda mitad de agosto de 2009 aproximadamente y metí todos mis enseres en el Renault Clio blanco de cinco puertas, a gasolina y básico, que compré nuevo en 2006, saliendo de casa de mi madre a la aventura, sin oficio ni beneficio, sin trabajo remunerado, totalmente libre, pero con los bolsillos repletos, pues tenía a mano el dinero del primer cheque de la indemnización, más la prestación por desempleo que cobraba todos los meses, así que, a pesar de haberme quedado a la intemperie, no me preocupaba nada; hasta que encontrara una vivienda de alquiler, el coche me serviría de sobra.

No sé cómo sucedió pero esa misma noche quedé con Charly, Clara (su mujer en aquellos momentos) y Ester, la hermana mediana de Clara, para celebrar las fiestas de moros y cristianos de Cocentaina; por la tarde compré unas cuantas botellas de alcoholes destilados de alta graduación y llegada la noche aparqué el Clio en un descampado, a las afueras de Cocentaina, preparando un impresionante botellón en el sobrecargado maletero del coche; bebimos los cuatro, vino más gente, nos emborrachamos todos, reímos a pleno pulmón, fumamos cantidades ingentes de cigarrillos (como todas las veces que íbamos de botellón) y la realidad se distorsionó hasta entrar en una dimensión sincopada de espontaneidad, alegría, diversión sin fin ni freno, ingenio, agudeza, autoparodia, pero, como siempre, el trasfondo fue el buen rollo.

Esa resultó ser una de las noches más inolvidables de mi vida, en el centro de la plaza principal cercana al ayuntamiento, si mal no recuerdo, bailando sincopadamente y de manera catártica, como si no hubiera un mañana, con la música de una disco móvil, junto a decenas, incluso una centena o más de personas conectadas con esos momentos lúdicos de ebriedad, diversión y trance tecnoshamánico inconscienciado, que hacía olvidar cualquier problema o preocupación, al menos hasta que amaneciera y terminara la fiesta para descansar y dormir la mona, aunque, al menos durante unas cuantas horas de plena oscuridad nocturna, daba la equívoca sensación de que, esa vez sí, ya nunca jamás amanecería.

Pero evidentemente amaneció y el olvido temporal se retroqueló en agrio recuerdo rememorado... mi realidad (otra vez) no era nada halagüeña... acababa de discutir y finiquitar de nuevo la tóxica relación con mi madre horas atrás, dejando ese amargo sabor de las relaciones humanas discordantes, cuando es imposible entendernos y las feas palabras, emitidas en el calentón al rojo vivo del momento, luego dejan una corrosión irritada en el "alma", que se manifiesta con los síntomas característicos del dolor anímico, una profunda y desoladora tristeza insondable.

Descubrí que en el bolsillo seguía teniendo las llaves del piso de Alicante (también propiedad de mi madre) que se me olvidó devolverle junto con las de su piso de Alcoy, así que, con el bajonazo de los efectos de la borrachera alcohólica en declive y tras ver amanecer, tomar el sol casi en bolas y esperar a que se me pasaran los efectos del alcohol, tomé dirección barrio de La Florida, calle Azorín y me quedé a pasar el fin de semana, de manera provisional, para volver el lunes siguiente a Alcoy y buscar piso de alquiler.

En ese momento no se me ocurrió pensarlo en ningún instante, pero... ¿en qué inmobiliaria me iban a alquilar un piso, sin contrato de trabajo y estando en el paro?

Como a mi parecer solo la ignorancia es osada y atrevida, ni me lo planteé, pues ignoraba todo sobre alquileres de vivienda; los 34 tacos que acababa de cumplir poco antes de que mi jefe me echara de la gasolinera, los había pasado en viviendas de propiedad familiar, o bien en el piso de Alcoy (vivienda principal), o bien en el piso de Alicante (segunda vivienda de veraneo).

Y no tuve que enfrentarme a la dura realidad en principio, pues nada más llegar a Alcoy fui incapaz de encontrar una sola inmobiliaria abierta, aunque fuera lunes; indagué en Cocentaina, la población más cercana, pero ídem, más de lo mismo; por último, probé suerte en Muro y también tropecé con idéntico escollo... había obviado que estábamos en la plenitud veraniega de agosto.

Desolado, sin esperanza y sin saber qué iba a hacer, excepto vivir en el coche (pues no podía usar más la vivienda de Alicante), regresé a Alcoy, vía Cocentaina, con la soga de la realidad a la intemperie apretando, sin hogar ni posibilidad de conseguirlo, el agua hasta el cuello y a punto de ahogarme, cuando percibí que el depósito de gasolina necesitaba un repostaje.

Al subir de Cocentaina por la carretera interna secundaria, paré en la gasolinera Galp donde había trabajado más de un lustro atrás, pero la que estaba enfrente de aquella donde conocí al fascinante Ángel, "El Rey del Mundo". 

Ese día le tocaba turno a Andrés, el ex compañero que me informó de la triste noticia del fallecimiento de Ángel un par de años antes y sin saber por qué motivo, me puse a contarle, asombrado, que era incapaz de encontrar un piso de alquiler, pues todas las inmobiliarias de Alcoy a Muro estaban cerradas... entonces me dice que, casualmente, él tiene un piso de alquiler en la calle Planes y se lo acaban de vaciar en ese mismo momento los anteriores inquilinos, que si quiero me lo alquila por 350 euros al mes; sin salir de mi incredulidad, en un instante y de un plumazo, paso de la desolación y la desesperanza de quedarme a la intemperie, a tener una vivienda de alquiler, con un ex compañero de confianza y por un precio más que razonable (hoy, mi mujer y servidor pagamos casi el doble por un piso mucho más pequeño y en Orihuela).

Pocas veces me he sentido más cerca de ese presunto e hipotético dios que aprieta pero no ahoga como en el verano de 2009.



Marzo de 2026