martes, 7 de abril de 2026

LO QUE EL DOLOR ME ENSEÑÓ (relato poético)

Colaboración de Riotrankilo

(Gustavo Giner González) 



El dolor crónico es algo que afecta, actualmente, al 20% de la población mundial, 8300 millones de personas y en concreto en España al 26% lo cual abarca unos 10 millones de personas.

Yo soy una de ellas. Cómo seguramente lo eres tú o alguien de tu entorno.

Me gustaría contar lo que encontré en el camino por si sirve de algo a una sola persona, con eso estaría agradecido.

Como no soy ningún experto que se dedique al tema tratado solo contaré mi experiencia aportando algunos datos que me habría gustado oír en su momento. Eso sí, los datos que daré son el resultado de investigaciones minuciosas y de años de evolución en la materia, por expertos que sí lo son. Y por supuesto os remitiré a ellos, a los que me ayudaron, a los que abanderan una revolución del dolor y están en continua investigación. No todos, pues son muchos, solo los que yo encontré.

Así que vamos allá 


El dolor empezó el año de la pandemia, mi hija Alba con 10 años recién cumplidos acababa de embarcarse en el desafío de atravesar las llamas de un trasplante de médula, sin saber si iba a funcionar. Meses antes le habían diagnosticado una leucemia linfoblástica aguda de alto riesgo, el tratamiento durante esos meses no parecía dar resultados óptimos así que lo siguiente era el trasplante, fueron meses muy duros, y no estaba claro que fueran a encontrar a un donante. Pero si, sucedió, el equipo médico compuesto por unas jóvenes, maravillosas, inteligentes, despiertas, guapas, simpáticas y vivaces oncólogas con dos ovarios como melones se puso las pilas viendo la que se venía con la pandemia, dieron con una médula 100% compatible, una médula de un donante alemán de 30 años, iniciaron el proceso, con muy pocos aeropuertos abiertos, personas que jamás conoceré transportaron en motos la médula congelada y finalmente nos dieron la confirmación, la médula ya estaba en Valencia, en el hospital de La Fé. 

El proceso duraría en un principio un mes, un mes de aislamiento en la unidad de trasplantes donde solo se permitía un acompañante y no había posibilidad de visitas, incluso había seguridad en la puerta. Así que tras hablarlo y siendo conscientes de que ambas opciones iban a ser duras de cojones, se quedó Ana de acompañante. Y yo volví en coche por la autovía 145 kilómetros de regreso a una casa desoladoramente vacía.

Por cierto estoy intentando escribir pero Alba, ya con 15 años, en plena adolescencia, no para de interrumpirme y desconcentrarme, amén.

No recuerdo si fue ese mismo día o al día siguiente, había ido al super, acababa de aparcar y al bajar del coche la vida me apuñaló por la espalda a traición, justo a la altura de las últimas lumbares, me apuñaló y se llevó la poca cordura que me quedaba.

Anteriormente había tenido algún episodio de lumbalgia pero aquello fue como un rayo del mismísimo Zeus, los días que siguieron caí al Hades y pasé al Tártaro, y allí me esperaban Anubis, Belcebú y el mismísimo Cerbero. Volví a Alcoy con mis padres cargado de rulas del psiquiatra, fue un retorno terapéutico, las benzodiacepinas eran de calidad y los paseos por los bosques de mi infancia fueron rescatándome. Pedro que desde el principio había dado su alma para sacarme del fango en varias ocasiones, a pesar de la distancia y de sus dificultades vino a verme, reconectamos como nunca lo habíamos hecho, su visita fue la visita de un Dios que sana tus heridas. En aquel entonces no lo sabía pero algunos antidepresivos anulan el mecanismo del dolor y poco a poco fui recuperándome, las rulas eran buenas, lo que tampoco sabía es que era un remedio a corto plazo qué pasaría factura a largo plazo así que cuando deje de tomarlos volvió el dolor y los latigazos castigadores empezaron a ser habituales. 

Y aquí es donde empieza lo que los expertos en neurociencias del dolor llaman el peregrinaje terapéutico. Lo probé prácticamente todo, visité diversos fisioterapeutas que hicieron diversos abordajes terapéuticos, fui a osteópatas, quiroprácticos, medicina neural, psicólogos, regresiones, medicina china, acupuntura, apiterapia(con el veneno de las abejas), taichí, meditación, unidad del dolor, infiltraciones y un sinfín de consultas que ya no recuerdo y que dejaron temblando los números del banco, pero el dolor no se iba, día y noche seguía conmigo y cada cierto tiempo me sacudía con descargas insoportables.

Por supuesto me realizaron las rutinarias pruebas de imagen para ponerle nombre y señalarlo pero las pruebas no fueron concluyentes. Dolor crónico lo llamaron.

-Tendrás que convivir con ello- Sentenció mi doctora, -lo único que puedo hacer es volver a mandarte a la unidad del dolor-.

No voy a intentar describir lo que supone pasar por eso durante años, si lo vives o has vivido no necesitas que te lo diga, si no, es imposible que te hagas una idea por muy bien que lo explique, pero a grandes rasgos, es la anulación completa de la vida sometida al dolor.

Entonces vamos a lo interesante, después de cuatro años de esta guisa uno de esos días de desesperación encontré por internet un libro en cuya portada decía: Todo lo que necesitas saber para DOMINAR TU DOLOR. Educación en neurociencias del dolor. Autor: Álvaro José Rodríguez Domínguez.


Se presentaba como fisioterapeuta Máster en Ciencias del Sistema Nervioso y futuro doctorado en dolor crónico y fibromialgia. Con 18 años su “simpático” traumatólogo le había sentenciado con un diagnóstico de varias hernias discales, una rectificación de columna y un hemangioma, que si no dejaba de hacer deporte y se operaba acabaría en silla de ruedas con 30 años. Por suerte no le hizo caso en lo de operarse y se dedicó al estudio del dolor crónico, hoy en día no tiene dolor, levanta pesos muertos que no te creerías, sigue en continua investigación y ayuda a gente con dolor crónico.

Devoré el libro como un náufrago rescatado devoraría su primera comida en años. A cada página me explotaba la cabeza. Entendí muchas cosas, supe que debía dejar de buscar soluciones milagrosas y rápidas, que debía dejar de poner mis esperanzas en otros, que el proceso necesitaba tiempo y dependería de mi.

Los meses siguientes aprendí un montón de cosas que desconocía. 

Por ejemplo:

Existe una biblia del dolor que todo profesional dedicado a ésto o todo paciente motivado suficientemente con su dolor como para querer entender qué le sucede debería conocer. Se llama “Explain Pain”. En la edición en español “Explicando el dolor” del investigador David Butler y el catedrático Lorimer Mosley, ambos tienen videos por la red explicándolo.


Las bases del manejo del dolor crónico en el sistema médico occidental siguen funcionando con el modelo cartesiano de Descartes de 1662, es decir la idea de que el dolor es una simple señal mecánica que viaja desde una lesión hasta el cerebro como si se tirase de una cuerda para tocar una campana.

Los médicos siguen utilizándolo como base para su abordaje, a pesar de que ya en 1965 la comunidad científica y en concreto Ronald Melzack y Patrick Wall desmitificaron ese concepto, demostrando que el dolor era algo mucho más complejo y que dependía de muchos más factores que una lesión, pues Descartes creía que si no había lesión no había dolor. Pero ¿y qué pasaba entonces con el dolor del miembro fantasma o las cefaleas sin lesión?

Se llegó a la conclusión de que el dolor debía ser un constructo del cerebro, no una simple recepción de señales externas. Y cuidado, nada que ver con la afirmación de "el dolor es psicológico", como me dijo a mí algún médico, el dolor es real, se siente en el cuerpo pero se elabora en el cerebro y depende de un montón de factores biológicos y sociales (me refiero en todo momento al dolor crónico). 

Espera, debo parar, son tantas las cosas que me gustaría transmitir, pero aquí nuestro amigo Pedro tendría que donarme el blog durante unos meses. Además yo no soy divulgador ni nada por el estilo, para eso hay que saber mucho más de lo que yo sé, admiro a los profesionales que encontré en los libros, pues tienen tantas historias que contar, tantas investigaciones que mostrar, y todo lo tienen tan bien conectado entre sí, que es a ellos a quien os remito. A partir de aquí intentaré ceñirme a mi experiencia personal.

Descubrí que no estaba roto, tan solo que en algunas zonas de mi cerebro el sistema de alarma se había desconfigurado. Supe que mi dolor, mal llamado dolor crónico (sería más acertado llamarlo dolor complejo, como propone Rafael Torres), no iba a ser para siempre.

Descubrí que mi doctora se había equivocado rotundamente al recetarme una y otra vez reposo y fármacos.

Estamos viviendo, aunque no nos demos cuenta, en una crisis de salud pública por el abuso de fármacos para el dolor.

Descubrí que mi doctora de la unidad del dolor (la jefa de la unidad, ni más ni menos) también se equivocó al advertirme de que si aumentaba mi peso iba a acabar mal. Mido 1’90 y pesaba 64 kg, hoy peso diez kilos más, estoy bastante mejor y pretendo seguir subiendo.

Descubrí varios estudios en miles de pacientes asintomáticos (dolor 0), a los que se les realizó pruebas de imágenes que revelaron diversidad de patologías de columna. Lo normal es tener desgaste en los discos y degeneración del tejido. No es cierto que haya relación directa entre daño en los tejidos y el dolor crónico.

Tuve mi primera relación Doctor-Paciente en la que hubo una verdadera transmisión en ambos sentidos. Álvaro es un profesional como pocos y me hizo sentir como dos amigos que charlan tranquilamente.

Descubrí que en este mundo del dolor existen multitud de ratas chabacanas rastreras que incluso en nombre de las neurociencias utilizan métodos milagrosos y evidentemente a precios desorbitados aprovechando que alguien después de años con dolor pagaría lo que fuera.

El miedo al dolor y todos los procesos psicológicos que le acompañan mejoran las condiciones para que el dolor aumente.

Tenía lo que los neurocientíficos recetan como remedio, educación en las neurociencias y biología del dolor, aquí la información es medicina por sí sola.

Había empezado a hacer deporte, ejercicios aeróbicos y entrenamiento de fuerza, otro de los medicamentos imprescindibles, no solo por su característica de analgesia inducida por el deporte sino por diversos mecanismos que promueven la activación de diversos procesos a distintos niveles. Los estudios son tantos y me gustaría mostraros tantos. A día de hoy sigue investigándose con rigor la relación entre ejercicios de fuerza y la salud neurocerebral, te invito amiga/o a que lo compruebes por ti misma/o.

Sabía que iba a ser un proceso en el que tenía que olvidarme del tiempo. Tenía toda la información pero ¿cómo aplicarla a la vida diaria donde el dolor seguía mandando?

Entonces llegó (de nuevo de la voz de Álvaro) un nombre: Alan Gordon. Profesor adjunto en la Universidad del Sur de California y trabajador social clínico y psicoterapeuta especializado en dolor crónico y desarrollador de la Terapia de Reprocesamiento del Dolor (PRT).

-Apunta este libro y este autor- me dijo Álvaro.

The Way Out, Alan Gordon, la edición en castellano: “Terapia para el dolor crónico”. Editorial Kairós.

Sumergirme en cada página de este libro supuso para mí un punto de inflexión, ojalá te sirviera a ti como fue conmigo. Alan no solo escribió ese libro sino que como complemento a los imprescindibles conocimientos que enseña, acompaña a miles de personas dejando recordatorios estratégicos en sus redes por si vuelven los automatismos.


No voy a destripar nada de este libro pues no hay ni una sola, de sus 232 páginas, que tenga desperdicio.

A día de hoy mi dolor está mucho más silencioso, ya no me da miedo, ya no domina mi vida, hago todas las cosas que antes aumentaban mi dolor y sé con certeza que en algún momento el proceso llegará a su fin.

Si sufres dolor del tipo que sea desde hace años y todavía te ves capaz de enfrentarte a lo que te sucede, busca a los autores que he mencionado, tienes un mundo por descubrir, no estás solo o sola y recuerda la frase de Einstein, si buscas resultados distintos, no hagas las mismas cosas de siempre.